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lunes, 12 de septiembre de 2011

Recuerdos (Alma)


28-11-2010

"
-Me sorprende que aún sigas viniendo- me miró a los ojos, mientras acariciaba lentamente mi mejilla con su mano. Después sonrío de la manera que solamente yo conocía (o creía conocer)- ¿No te has cansado de mí, aún?

Añadió esa última palabra, como si realmente creyese que yo iba a cansarme de él, se sus caricias nocturnas, de la manera intensa de mirarme mientras me acurrucaba en su pecho. De su manera de decir las cosas que creía que sentía a modo que yo las entendiese, sin entender que en realidad no entendía absolutamente nada más que él sentía por mí lo mismo que yo por él.

-Nunca voy a cansarme de ti Ángel- le miré desafiante- tonto...

Le besé la mejilla dulcemente mientras él, rodeaba mi cintura con sus brazos.

En el antebrazo derecho tenía un tatuaje pequeño, la clave de sol, que entrechocaba con su personalidad.
Podías pasarte las horas observándolo minuciosamente, tocar el violín, tararear su música, saborear la vida... o incluso andar de manera pausada... nada en él, haría creer que pudiese llevar un tatuaje en su muñeca.
Después quizá te parabas a pensar, y descubrías con asombro que con él todo era así, que todo tenía un sentido, que las cosas que hacía las hacía por algo.
Una vez más dejabas de entender cuanto él quería decir.

-Nunca digas nunca... ¿No has oído jamás, aquello de que : nunca y siempre son demasiado tiempo?

-Sí, pero yo puedo asegurar que te querré siempre. Para toda la eternidad. Y yo nunca he roto una promesa...

-¿Es eso una promesa? ¿que siempre estarás a mi lado?- yo asentí sin dudarlo un segundo, entonces él, entre susurros dijo- ¿Como puedes estar tan segura de que mañana no te olvidarás de mí? ¿De que no te cansaras?,¿Cómo?

-¿Cómo podría olvidar que si he aprendido a vivir es porqué precisamente tú, estás en mi vida?, no Ángel, el amor no se olvida. Te prometo, que te amaré tanto como dure mi vida. Te prometo, que nunca volverás a estar solo. Te amo.


Me acerqué a él, y apreté dulcemente mis labios contra los suyos.
Rocé sus labios con un beso que sellaba mi promesa de amor (promesa que llevaría incluso más allá de mi muerte y su olvido) y mientras, pude observar, que él se reía, pletórico de felicidad. "

domingo, 28 de agosto de 2011

Confesiones que dicen duele


"Alzheimer".
La palabra resonaba en mi mente embotándome los sentidos. La cabeza me pesaba y sentía, ahora más que nunca, la presencia de un mundo que no era el mío.

Ángel se estaba muriendo, acercándose lentamente a mi hilarante mundo de cosas sinsentido y visiones espeluznantes. Ahora, era más consciente que nunca, de que su vida pendía de un hilo, y que cada segundo que él desperdiciaba conmigo , era un segundo que perdía de su valioso tiempo.

-¿Porqué no dices nada?- me implora Ángel entre lágrimas.

Yo no puedo evitar tragar saliva, si es que aún tengo saliva. Me siento rígida y flácida al mismo tiempo. En estos momentos, desearía tener el consuelo de las lágrimas, ser capaz de sentir un dolor más mitigado que éste. Poder quizá, rasgarme la piel en busca de un dolor más lacerante aunque llevadero. Me duele el alma.

-Porque te quiero demasiado para no tener suficiente miedo- le aclaro.

Me acerco a él lentamente, acariciando su rostro, a modo de consuelo. Sé que él no puede verme, no obstante, soy consciente de que es capaz de sentir cada célula de mi cuerpo etéreo.

-Siento haberme ido Alma- me mira un instante algo más tranquilo- pero tenía miedo- se escusa- sé que no tenía derecho. Te amo, aunque lo olvide yo, recuérdalo tú, ¿quieres?- me pregunta.

Era consciente de lo mucho que le dolía confesarme todo aquello.
Era incapaz de reconocer su situación y sentirme identifica.

¿Cómo podía haber sido tan sumamente idiota?, yo, tenía toda la vida por delante y la había desperdiciado pensando que él era un cretino. ¡Qué estúpida! y no obstante, la vida (o la muerte) me había dado una segunda oportunidad; una oportunidad, de volver a amarle.

-¡ Cállate! y bésame- le supliqué.

Él se acercó a mi, como si supiese exactamente donde posar los labios. Después, se detuvo a escasos centímetros de mi boca, para decir:

-¿Seguro que quieres esto?

Yo no dije nada, sólo podía pensar en él. Amarlo a él. Así, me acerqué, salvando la escasa distancia que me separaba de él, fundiendo mi boca con la suya, como aquella primera vez hace ahora demasiado tiempo. Sintiéndome viva y haciéndole renacer por unos instantes a él.

Era consciente, de que mi amor no tenía límites, y que eso, me daría fuerzas para seguir con él, incluso, más allá de la muerte.

**Nota de autora: Siento que le pase esto a Ángel, pero llegó un momento en que por algún motivo, tuvo que ser así. Después quise borrarlo, pero Ángel ya tenía su historia, y Alma un pasado desconcertante unido a el de él.
A veces, una cuando escribe, no puede evitar pensar que" no es justo" y que "no tenía porqué ser así", como en la vida. Hay circunstancias que lo cambian todo...

martes, 26 de julio de 2011

Contrariado. Triste. Roto (alma)


Contrariado. Triste. Roto.

Le observo pasearse por la estancia, recogiendo fragmentos olvidados de su vida, recolectando ropa sucia y hacerse unas salchichas. Algo rápido de hacer, algo sencillo... algo para volver conmigo.
Pienso en él, completamente vestido, sin poder olvidar nuestra primera y única noche juntos. El como paseaba después desnudo, con un delantal corto intentado (sin éxito) cocinar algo comestible.
"Nunca ha sido su fuerte..." me digo.

No obstante, sus ojos, sus movimientos... la manera de reposar el brazo en la encimera, mientras fríe las salchichas, me hacen sentir absolutamente culpable.

Lo veo allí, cocinero de ilusiones perdidas, y sé, por su forma de actuar, de contonearse, que él no es feliz. Que algo lo está matando.

-Ángel...- le llamo aprovechando que está de espaldas a mi- ¿porqué rompiste tus fotos? querías deshacerte de Marta- respondo más que pregunto.

Abre un cajón y saca un plato de allí. Después, quita las salchichas del fuego y como si le fuese la vida en ello, las coloca (con ayuda de un tenedor) una a una en él. Después, lentamente, se gira hacia mi:

-¿De que hablas?

Veo en sus ojos un deje de escepticismo, y sé, que no me está mintiendo.

-Te vi...- susurro

-¿Marta? ¿Qué Marta?- pregunta curioso.

Yo lo observo atónita.
Ángel se encuentra tranquilo, reposado en la encimera, comiendo, como si mis preguntas no fuesen con él. Como si jamás hubiese conocido a Marta...:

-Ella te robó los sueños- le digo repitiendo sus palabras- ¿no lo recuerdas?

De pronto su piel palidece. Yo me acerco a él, asustada.

-Ángel, ¿qué te ocurre?¿estás bien?

-La había olvidado...- responde con la voz rota.

Deja el plato a medio acabar a un lado, y completamente destrozado se sienta en el sofá. Yo me acerco lentamente y después, asegurándome de que no le sienta mal, me siento a su lado.
Espero intranquila a que él hable.

-Ven...- me incita.

Yo sigo su mano con la mirada, y así me recuesto en su regazo, impaciente. Él me acaricia un segundo, después suspira.

Contrariado. Triste. Roto.

-Rompí esas fotos- traga saliva (le cuesta hablar)- porque me da miedo saber que un día amé lo que hoy ni siquiera puedo recordar...




domingo, 24 de julio de 2011

Así fue como nos reencontramos... (alma)




-Gracias...

Ángel suspira casi con dolor, como si mis caricias hiciesen hervir su sangre y le provocasen un insoportable dolor de cabeza.
Sus ojos miran perdidos el infinito, una vez más como si estuviese ciego y perdido. No obstante, su mirada, inquisitiva, siempre audaz, sé por su intenso brio, jamás perderá el rumbo:

-¿Porqué?- pregunto sin indulgencia alguna.

Analizo la situación, mientras él piensa su respuesta.
Allí, sentada en el suelo de su piso, los dos, juntos compartiendo concidencias y anhelos, como cuando yo aún vivía.
Mis ganas de matarle, que mueren con cada latir de su corazón; y mis ganas de vivir, que aumentan con cada silencio del mio. Él y yo, perdidos en el infinito de su locuaz locura y de mi incansable sed de él. Él y yo "como antaño" o casi.

-Porque no me duele...- reposa la cabeza en la pared y girando la vista hacia donde yo me encuentro, prosigue- pensé que me dolería, que sentiría frío, miedo... pero ¡no! me hace bien, me hace... sentir vivo- dice entre susurros- es como si aún estuvieses...

-...Viva- termino yo- pero no lo estoy.

La risa pugna por salir de mi boca.
Yo la retengo, mas me es imposible no reir por un instante. Ángel me observa, atónito (hacía tiempo que no reía). Después no me contengo, expulso el aire de mi garganta dejando flotar cada nota (alta-baja) de mi risa.
Pronto siento el aire inflarse y llenarse de tonos amarillo-rosáceos; inundarse la sala de un aplomo plomizo causado por mi risa. Soy tan feliz...

-¿De qué te ríes?- pregunta él aún sorprendido, mas con una sonrisa en los labios.

Yo le miro un instante, después, completamente absorta, completamente ensimismada por su sonrisa (la suya, la que me pertenecía, la que tanto he añorado...) le contesto:

-De que me siento mucho más viva que antes- le digo impavida, sin poder ocultarle la verdad.

Él también ríe gozoso, durante un breve instante mágico y subrealista:

-Me da miedo...- me confiesa sin pensar.

-¿El qué?- respondo yo.

-La muerte- me dice- ¿duele? ¿lo pierdes todo?- susurra, con los ojos anegados en lágrimas

Se me hace un nudo en la garganta.
Lo veo a él, frío e inmovil en el asfalto chorreando sangre. Lo veo a él donde debería encontrarse mi cuerpo.
Muevo la cabeza frenéticamente intentando, espantar los fantasma de ella. Después, ya tranquila, respondo:

-No, yo te recuperé a ti...

Lo miro a los ojos y sé, sin saber como que él me siente, que sabe exactamente dónde estoy, que hago, quien soy... Esa sensación ingrávida es la que me da fuerzas para seguir adelante, y confesar lo que inevitablemente él ya sabe:

-...Te quiero.

Él acerca su mano hasta mi, esperando que yo la tome. Lo hago:

-Lo sé ¿sabes?- dice llorando, sin poder retener las lágrimas por más tiempo- lo que más me duele es que yo también te amo.

sábado, 23 de julio de 2011

Casi todo



El aire se vuelve más espeso a medida que el día avanza. Las partículas se adhieren a mi, mientras él respira. Primero hondo, después pausado, tranquilo.
Él desliza su mano y va elevándola poco a poco, hasta palpar el aire. Allí se queda suspendido, por un instante, lo que dura un latido. Después desciende de nuevo, mete su mano en el bolsillo del pantalón y vuelve a suspirar.

Sus ojos grises perforan los míos, desenfocados siempre, como si el estuviese ciego.
Yo suspiro a mi vez (a sabiendas de Ángel puede oirme), mas él no se inmuta, sumido en la autocompasión.
Poco a poco su respiración se hace tan lenta, tan tranquila y tan ritmica, que casi pienso que está dormido. De pronto él se mueve, me mira un leve instante (uno más), acerca su cuerpo a mi y se detiene a escasos centímetros de mi rostro.

Allí, suspendido en el aire, queda su aliento, que yo inhalo como si se tratase de una savia capaz de purificar mi alma: "Como si me quedase algo más que alma..." pienso para mi.
Después por segunda vez posa su mano en el aire, rozándome el rostro.

Él me observa una vez más, desentrañando los misterios de mi mirada (mirada que él no puede atisbar), descifrando los entresijos de mi piel (piel que ya no puede sentir).
"Te quiero" dicen sus ojos. "Lo sé" responden los míos:

-A veces te siento tan cerca...- suspira- cada vez más.

Ángel aparta su mano y vuelve a esconderla bajo la tela de su pantalón vaquero. No obstante sus penetrantes ojos grises me miran inquisitivos.

-Yo cada vez te siento más lejos- le confieso sin pensar.

Él se pone serio, después pensativo añade:

-Cuando yo me voy tu vienes, cuando tú te vas me voy yo... Eso no tiene mucho sentido- admite con una sonrisa- pero creo que me da igual. Ahora todo me da igual.

Noto en ese todo, una excepción. Una excepción que me incluye únicamente a mi.

-¿Sabes? a mi hace tiempo que todo me da igual...

Y en ese instante soy yo quien alza la mano para tocar su rostro, y sé, por la vibración de sus átomos que todo su ser a sentido mi caricia. Sin excepciones.

lunes, 4 de julio de 2011

Pensamientos de un alma perdida (Alma)





"Si yo pudiese tenerte, te tendría.
Agazapada en las sombras del olvido, atacaría, y me haría eterna. Con un beso, sólo con un beso, tú serías mío, y ya no existiría el miedo.
Pero yo no puedo tenerte, no importa cuán cerca este, siempre que tú estés tan lejos. No importa que yo viva por ti, si ya he muerto. No importa... y aún te quiero.

Y cuando tú sufres, me digo, que te lo mereces... pero entonces, me engaño.
Porque cuando tú sufres yo sufro. Y es por eso, que cuando tú olvidas, cuando tú poco a poco mueres y van apagándose tus días, yo muero contigo. Muero y quedo lánguida y exhausta.
Y después, tú... siempre cambias las agujas de mi brújula, dando un bandazo, en dirección contraria.
Cuando me enseñaste lo cerca que habías estado de la muerte, yo me sentí estúpida por haberte dejado hacerte daño.
Tú que eres tan puro, con tus guirnaldas y florituras, pero tan gallardo, y tan iluso. ¡Pero como te quiero!¡Qué estúpido, que incierto! pero ¡qué real!
Ains...
Si yo pudiese tenerte, te tendría... pero ya no puedo.
Y eso me está matando"

domingo, 26 de junio de 2011

En otoño (alma)


La brisa acariciaba mi rostro, poniéndome, muy a mi pesar, la carne de la cara, de gallina. La brisa arremolinaba mi pelo en mi nuca, en mis labios y en mis ojos, impulsándome, dejándome muda, ciega...

Yo, me dejaba llevar, con los brazos abiertos y la sonrisa repleta de luz, mientras, veía con cuidado, caer las hojas.
El aire de otoño, olía a misterio, a locura, a colores que cambiaban del gris al naranja, que hacían preguntarme si alguna vez, se cansaban de mudar sus colores; preguntarme si no sería, acaso, un camaleón gigante, mudando la piel, de árbol en árbol, de sol a sol.

La hojarasca, revoloteó de pronto y allí estaba, mi flor en tu mano, revoloteando libre, sin querer marcharse de tu lado, jugando con tu palma abierta. Y tú a mi lado, ofreciéndome la última margarita abierta, llena de primaveras y anhelos.

-Esto es tuyo ¿verdad?...

Me miraste, sólo para añadir, poco después, que aquello no podría ser de ningún otro.

Yo asentí, segura de que empezabas a dudar de mi posible estabilidad mental, pero porqué engañarme, en aquel momento no tenía estabilidad mental alguna. Mi mundo empezó a girar, alrededor de tu ego, y tú mientras me mirabas, como absorto y anhelante, mientras con un suspiro colocabas una flor en mi pelo, colocando mis suspiros, mis anhelos...

-Me llamo Ángel- me miraste esperando una respuesta que no llegaba, para después añadir- ¿Cómo te llamas?

-Alma- respondí, sin poder apartar los ojos de tus labios, que vibraban como si estuvieses cantando una canción de cuna (después descubriría que aquella no era si no tu melodía interior)- ¿tocas?- te dije refiriéndome a tu violín.

-Sí, no, no sé...- lo pensaste un segundo y después agregaste- supongo.

Entonces cerraste los ojos, colocaste el violín bajo tu barbilla, y con tu música empezaste describirme mejor de lo que cualquier hombre sería capaz de hacer jamás.

Recorriste mis labios rojizos, mi largo cabello negro, mis ojos grises... recorriste mi mundo, con una música que me hizo amarte. Aprender a amarte.

Después abriste tus ojos, ceso la música, sonreíste y con un mohín burlesco, añadiste:

-No puedes llamarte Alma, ciertamente, no te pega.

miércoles, 22 de junio de 2011

Te salió mejor (Alma)



-No lo entiendo, después de todo, ¿qué haces aquí, conmigo, si tú fuiste quien decidió marcharse? no entiendo porque vienes ahora. ¿A quién no has encontrado para ser tú ahora el que me abre en canal?... bah! mejor no contestes, siempre fuiste tú el que me abría en canal, aún así no lo entiendo. Porque me reconfortas, ¿qué quieres seguir viviendo? Veo como se apaga tu tic-tac, pero tú sigues aquí, seguro de que yo no voy a poder matarte, ¿sabes lo peor? que yo también empiezo a pensarlo. Ángel, di algo...

La hubiese reconfortado incluso en el fin del mundo, y no obstante, su muerte se me hacía tan perversa como mi propia vida, quizá, por eso, ahora yo sentía un leve calor en mi regazo, y saber, que era su calor el que inundaba mi pecho, me confortaba hasta el punto de pensar que ella estaba viva, y que nuestra historia no tenía porqué acabar. Si no me hubiese ido...

-Yo siempre te reconfortaré, te daré calor... seré tu horno. Yo reconstruiré tu alma, y después me marcharé, tranquilo y sereno. No porque quiera hacerte daño Alma, sino porque tiene que ser así, si fuese una opción... pero no lo es. Yo me voy, ¿tú te quedas?

-Eres un maldito cabrón que no cambia más, y aún así sigo total y perdidamente enamorada de ti. Como el primer día. ¿Lo recuerdas?

"¿Cómo olvidarlo?" pienso para mí, y no obstante no puedo evitar reirme y llorar, porque ella estaba aquí, porque incluso después de muerta, era capaz de amarme. Igual que antes.

-¿Cómo olvidarlo?- le cofieso, mas sé la respuesta- aunque lo intenté, no creas. Intenté olvidarte, que acabase todo rápido. Pero la vida me la tiene jurada, y la puta muerte más...- me encojo de hombros- no les culpo. De todos modos- añado tras una pausa- creo que si no hubiese intentado irme del todo, ahora yo no podría sentir que tú estás aquí, no podría oirte... y eso es algo que no me hubiese podido perdonar jamás.

Ella se arrebuja en mi pecho, y después añade:

-¿A qué te refieres?

Yo me encojo de hombros. La aparto de mi lado, con cuidado, como si pudiese romperse, después me remango la camisa, enseñándole mis muñecas. Un gritito se escapa de su boca, cauteloso, tímido, como un niño pequeño.


-Intentaste suicidarte- añade temblorosa.


Yo vuelvo a encojerme de hombros y mientras me cubro las muñecas de nuevo digo:


-Ya ves, querida, a ti te salió mejor.



jueves, 16 de junio de 2011

En ese instante (Alma)



Tu mirada de seda penetraba el vacío y me absorbía, como si fusionases tus átomos y te convirtieses, de la noche a la mañana, en una máquina capaz de hacerme desaparecer, incluso de tus oídos.
Mirabas al vacío, y casi podía intuir en tu mirada mi silueta traslucida.
Casi, podía y con cuidado, desnudar tus pensamientos y hacerlos míos (por un instante, por un segundo... por un letargo). Y cada vez que acertabas con mi paradero (como si me sintieses) yo me revolvía, y todo en mi se hacía tan volátil, que casi desilusionada me olvidaba de todo, y me quedaba mirándote, mientras tú preservabas tu existencia, casi por casualidad.

Pero aquel día no me miraste.

Cogiste los fragmentos de una foto en blanco y negro, y la rompiste, entre lágrimas, como si quisieses borrar tus recuerdos y poco a poco deshacerte de ellos. Como si cada fragmento de la inexistente foto te asfixiase, y la rompieses por respirar (como si tal cosa).

Me acerqué a ti (por lo extrañada que estaba), tan curiosa como siempre yo.

Y en ese mismo instante (en ése y no en otro) vi a Marta, vestida de noche, con una sonrisa amplia y serena.
La mirabas con recelo, como si quisieses que fuese una extraña más (entre tantas). La mirabas con ansia y con desprecio, en esa maldita foto en blanco y negro, que la hacía parecer más guapa, más delgada (más a tu medida).

Entonces supe odiarte. Recordé cuanto te amaba. La recordé a ella.
Ella que te entregó su niñez, su esplendor, su inocencia, su felicidad y sus virtudes. Ella, que te robó los sueños, y tú el corazón. Recordé a Marta y cuanto la quisiste; tanto que jamás quisiste olvidarla, ni siquiera cuando estabas conmigo.

Y de pronto yo estaba allí, asfixiándote de veras, con mis manos cristalinas.

Ni siquiera protestaste cuando entre mis finos dedos se enredaba tu vida. Sabía que era cuestión de un momento, de un sólo instante.
Jugué con tu esplendor, con tu facilidad, con tu maldita existencia... no obstante cuando vi que tus ojos habían dejado de mirarme tuve miedo. Mucho más miedo del que yo jamás había sentido.
Y paré.
No pude explicar porque ni como, pero dejé de odiarte, de una forma casi inmediata, deje de sentir angustia.

Para cuando tú empezaste a jadear, yo ya estaba inundada en lágrimas. Apenas veía, con la vista nublada y la cabeza tan espesa. Te borraste de mi lado, de mi mundo.
Podía ver acabar tu vida, reducirse cada segundo y no obstante yo no podía matarte. Vivía atrapada en la maldita eternidad y para nada.

Entonces fue cuando me abrazaste, cuando una corriente eléctrica recorrió mi cuerpo, haciéndome sentirme viva (por una vez desde hacía demasiado tiempo), como habías hecho otras tantas veces.
Me arropaste en tu costado, como si supieses exactamente dónde estaba y cómo encajarme a ti. Como si no hubieses olvidado las tardes apoyadas en tu abdomen, como si supieses perfectamente encontrarme, aunque tu ya no me pudieses ver.

Como si jamás hubieses olvidado que yo formé parte de tu vida un día, hace no tanto.

Lo que yo no sabía era, que acabarías por olvidarlo todo.

domingo, 12 de junio de 2011

Tú o yo (Alma)



Los días pasaban y yo, tan estúpida como siempre, veía pasarlos quieta y exhausta, como si la energía que fluía por mi cuerpo se desvaneciese con cada amanecer.

Sentía un cúmulo de sangre borboteando en mi cabeza, mas eso era imposible, la jaqueca debía ser fruto de mi incontrolable imaginación, producto de una ensoñación infinita.

Y mientras, tú merodeabas en mi vida como si mi presencia fuese fruto de tu cosecha, tocabas el violín, me dedicabas tus horas de serenata, y yo tan presuntuosa y necia como siempre, te miraba escondida y absorta como una niña pequeña, olvidando los resquemores y perdonándote una y otra vez.
Como una ninfa, que deseaba ver el mundo girar. Mas una obscena imagen recorría mi existencia, y me perturbaba como si hubiesen segado mi bosque a bocajarro, y hubiesen dejado, como prueba de la naturaleza tardía el riachuelo de mis lágrimas.
El mundo que yo quería ver no tenía cabida en un mundo sin ti. Y era tan estúpido, no podía vivir contigo mas sin ti tampoco.
Quizá mi oportunidad de vivir se hubiese fugado con mi último hálito de vida.

Y a pesar de todo, estaba lo suficientemente compungida para enfrentarme al mundo y a ti.

Para insinuarme que no me importabas, para luchar por mi futuro indefinido, aunque tuviese que destruirte a ti en el camino.

No me importa (fingía que no me importaba), pero en el fondo, este dolor me dolía más que a ti.

Quizá me había precipitado al pensar que acabar con la persona que más amas por despecho, era cosa sencilla, quizá me prometí utopías tan vanas como las tuyas.
Creo que lo de las falsas promesas nos vino congénito.

Y aunque aún te amaba, a pesar de todo, estaba (por primera vez) dispuesta a salirme con la mía, aunque tú no salieses de esta.

Por eso, cuando crucé la puerta lo hice, con la férrea intención de acabar contigo de una vez por todas, quién iba a decirme que las cosas no saldrían como yo esperaba...


lunes, 30 de mayo de 2011

Lo sé (Alma)






-Me hiciste daño, eso lo sabes bien. ¿Y de que hablo? también lo sabes. Tú querido, sólo tú, sabes que pasó. Yo apenas conozco la mitad de la historia (sólo he jugado la mitad de la partida), el principio y el final. Como me engañaste, como me destruiste. Pero eso, eso Ángel, tú lo sabes. Tú sabes que pasó, qué hiciste, que me has hecho... YO sé que te haré, que pasará. Supongo que juego con ventaja querido. Yo te hablo cuando quiero, yo juego contigo cuando quiero. Yo hago lo que quiero, cuando quiero y porque quiero. Porque estoy muerta, porque TÚ me mataste. Y no me importa, ya no me importa nada. No te siento, y quizá por eso mi venganza se hará larga. No siento resquemor alguno, ni impaciencia, ni dolor... ah! pero ¡qué bien miento! Sí, me equivoco, sí siento. Siento como me temes, siento como me tienes... ¿pena?, sí pena, pero ¿por ti o por mí?. Por ti desde luego, ¿cuándo has pensado en mí? no ibas a empezar ahora... No, ahora ya sería tarde para empezar. Pero es mi hora, y ¿sabes? pronto te arrepentirás de no haberme querido, es más, no es eso, te arrepentirás de haberme mentido. De eso, sólo de eso. Yo no puedo elegir a quien amas, eso no; lo sé. Pero puedo elegir mi destino, y lo siento cariño, también el tuyo. Aquel 15 de febrero se marcó tu historia, quizá tu error simplemente fue conocerme (y equivocarte conmigo).

-Tienes tanta razón Alma. Yo sé que quedó en el camino, sé que cambió en la historia. Sé que te maté, de pena, de miedo, de tristeza, de dolor... DE AMOR. Sé que me quisiste, y sé que me odias. Sé también que te arrepientes de haberme conocido, porque te he hecho daño, porque te he destruído. Sé que mis palabras me costarán caras. Pero siempre hemos hablado tan claro... ¿Porqué cambiar ahora?. Sé que no sientes pena por mí, sé que disfrutas con todo esto. Lo sé, se que en el fondo te duele, que te traspasa cual navaja de doble filo, lo sé porque aún te importo. Porque aún hay algo dentro de ti, que te une a lo que sentiste. Pero no importa, ya no. Sé que pronto se disolverá esa fina línea que te une conmigo. Lo sé y no te tengo miedo... en fin, supongo que yo también soy un maestro mentiroso. Te temo, y tú me amas, lo sé. Lo sé porque te conocí. Me amas y me odias por ello. Pero pronto acabará. Pronto dejarás de sentir cariño o afecto, pronto se disolverán tus dulces sentimientos. Y entonces de verás desearé haber muerto. Pero lo haré pronto, eso también lo sé.
Pero en algo te equivocas, querida, mi error no fue equivocarme contigo, mi error pequeña, fue haberme ido. Y si miras dentro de mí sabrás que no te miento.

jueves, 19 de mayo de 2011

Aún (Alma)


Cuando estaba allí, dormido bajo el sueño de la inconsciencia, casi sentía como si nada hubiese ocurrido. Como si la negruzca neblina de mi mente desapareciese por un instante, instante en el que sentía que todo podía ser como antes.
Entonces me sentaba a su lado, lo observaba con ternura y rozaba su cara con mis traslúcidos dedos.
Entonces él temblaba, su labio hacía un mohín y cuando mi mano dejaba de rozarle le sobrevenía la calma de nuevo.

En ese instante todo se truncaba, era consciente de que ya no podríamos estar juntos, y de que nuestra historia no tenía cabida en el mundo; mundo al que ya no pertenecía.

Y así pasaba los días, demostrando odio y ternura, más aún a sabiendas de que no debía sentir.
Y me sentía, desmoralizada, frágil... otra vez suya.
Me daba cuenta de que la muerte no me había matado, y era así que mis sentimientos seguían siendo suyos. Supongo que aún le amaba, y que hacerlo, era inevitable; demasiado inevitable.
Aquel, supongo, había de ser mi condena.

No, no odiaba a aquel hombre, odiaba amarle... Odiaba mi muerte como había odiado mi vida.

Y tenía miedo, el mismo miedo que veía en sus ojos cuando él despertaba.

Entonces y sólo entonces comprendía que aquella historia que comenzó un día de otoño, bajo un magnolio de un páramo cualquiera... había muerto, con la desesperación de una mujer que amaba, lo que ningún hombre podría ofrecerle. Una mujer que amaba incluso más allá de la vida.

Suspiré, cuando con un último beso en la mejilla él despertó de sus sueños.

lunes, 16 de mayo de 2011

Despertar (Alma)



Cuando desperté ella estaba ahí.


No pude verla, ni oirla, quizá porque no dijo nada, mas supe, de manera inexplicable, que ella aguardaba en algún rincón de la habitación.


Quizá quería hacer del suspense un arma ponzoñosa que incitase de alguna manera al temor, mas este no llegó. Me hallaba sumido en una apacible calma, propinada quizá, por los interminables calmantes que hubieron de ponerme.


No obstante sabía que aguardaba, quizá a que yo hablase, quizá a que no dijese nada...


No pude negarlo por más tiempo, Alma había vuelto, y para quedarse. Ni siquiera aquella idea, que tan brillante, aparecía bajo mis párpados, logró helarme la sangre.


No me había matado, y no lo haría en un tiempo (al menos eso esperaba), no obstante... ¿Qué tenía pensado para mí semejante mujer?


Muy a mi pesar, empecé a temer que pronto lo descubriría.


Un escalofrío recorrió mi espalda, justo antes de cerrar los ojos y sumirme en otro largo sueño: Allí, junto a la ventana, había alguien riendo... no obstante la habitación se hallaba vacía... Alma estaba allí, esperándome.

martes, 10 de mayo de 2011

Ganas de venganza(Alma)






-Me estoy volviendo loco...- dijo él



Un eléctrico sentimiento recorrió mi columna vertebral, mientras las abnegadas lágrimas amenazaban por salir, mas mis etereos ojos, no llorarían.


Aquello, lejos de aliviar mi pesar, incrementó la insatisfacción que mi cuerpo había erigido entorno así.



-No te estás volviendo loco querido...


La última palabra adoptó un cínico énfasis, que bien podría sustituirse por resquemor, mas me contenté ante el asombrado semblante del maltrecho hombre, que aparecía flácido y débil, debido quizá a las imprecaciones de escuchar mi voz.



Pronto aquel cuya voz parecía haberse perdido (como la rojez de sus carnes), habló, como si con premura necesitase negar la evidencia de que podía oirme.


-He debido de enloquecer, ¡oh pobre de mí! ¿Qué será ahora de mi música?¿Donde quedan ahora mis futuros encuentros, mi futuro porvenir? ¿Porqué soy yo quién ha caído en las malditas garras de la locura?



-¿Tú? pobre necio, que loco no has de estar... Sé que me reconoces, ¿cómo no habrías de hacerlo si eres tu quién procuró mi muerte?¿Cómo, ser ruín, apelas ahora a la locura? Muerto el perro se acabó la rabia.
¡BLASFEMIA!

Oh querido blasfemo, ¿Crees de verás que la locura podrá salvarte del cruel destino que yo he tenido a bien de prepararte?
¡Iluso!


Apenas así su violín, pues éste salió precipitado, cual proiectil con el firme objetivo de alcanzar su cabeza.



Mi rabia, apenas había alcanzado su gloria, cuando, el instrumento dió de bruces con el semblante de aquel, a quien había prometido vendetta.


Las cuerdas se sesgaron en el aire, tal vez por la ominosa fuerza de mi cuerpo, y éstas dóciles cual perro amaestrado arañaron su cara, provoncándole un leve rasguño en la mejilla izquierda.


La sangre, apenas salpicó mi rostro mas encolerizada como estaba no dudé en asestarle el golpe que debiera llevarle a su horrible final.
Una rabia, improvista hasta entonces, se apoderó de mi cuerpo y mis fuerzas, lanzándo a este por la ventana, que de pronto se hallaba abierta.



El miedo recorrió su semblante mientras, con la desesperación de la impotencia intentaba asirse a un asidero que no aparecía en ningún lugar.



Y mientras, su cuerpo se precipitaba en la noche, por la ventana, con la promesa de desmenuzar su cuerpo la tierra, cual depredador hambriento.



"Aún no" Y tras este fugaz pensamiento me dejé ir allá donde la noche (aún larga) me llevara.

domingo, 8 de mayo de 2011

Y quizá por todo eso... (Alma)




El final llegó incluso antes de que osaramos decir basta, fue tan repentino y prevesible, que casi me hizo daño. Demasiado daño.


Supongo que acabé por salir del estupor del principio, no lo sé bien.




Recuerdo el dolor en las costillas, los analgésicos para el dolor de cabeza y la manta arrebujada en mi cuerpo, cuando la cerveza se caía al suelo.



Creo que me hiciste daño, por la mañana, por la tarde, por la noche... a todas horas me hiciste daño, esperando tu llamada, yo en el sofá, tú en la cama (a saber con qué mujer)



Y no llamaste, me dejaste a medias, medio rota, medio vacía, medio estúpida completa... El caso es que me dejaste, y que eso me valió para darme cuenta de que por aquel entonces ya estaba demasiado enamorada como para arreglarlo. Por eso me dejaste, sin vacilar.


Por eso el tiempo pasó sin yo darme cuenta, y para cuando me enteré, yo estaba aquí, con la mirada infinitamente más perdida que antes, y sed de venganza.



Será que ya no te tengo miedo y por eso las cosas han empezado a cambiar...

jueves, 5 de mayo de 2011

Lo que la mirada esconde... (Alma)








Ladeaba la cabeza, y tenía los ojos entrecerrados.



Su piel olía a baño y espuma de afeitado, y su sonrisa, siempre tan cegadora, iluminaba la estancia que aparecía ténue bajo la luz de las velas.



Si no fuese, porque conocía su aprensión por la luz en desmesura, hubiese jurado que aquel idoneo hombre, que aparecía bajo el manto de la perfección, esperaba a una mujer.



Pero él no estaba conquistando fémina alguna, su cuerpo temblaba con la música, mientras esa pícara sonrisa se ensanchaba con los nuevos acordes de su violín.


Y allí, dedicado a la única mujer que amaba (la música), estaba el hombre a quien había jurado odiar. Mas su dulce felicidad, me hacía tan absurdamente plena...


Respiré hondo y deshice todo pensamiento de mi mente.



Sé bien, que debí de enloquecer, no por la muerte, que en poco me había conseguido cambiar; enloquecí por la vida que él me había arrebatado, por su destrucción masiva, porque no había sido lo suficientemente fuerte como para seguir adelante si él ya no estaba... porque me había demostrado que yo era un ser débil.



-Pero ya nunca más. Ya no seré débil en tu cuerpo, querido- dijo esta palabra con recochineo y resignación- ahora serás tú quién tiemble bajo el poder de mi escarchada piel.



De pronto una sensación de terror invadió mi traslúcido cuerpo.



La música había dejado de sonar, y él, como si hubiese visto un fantasma, me miraba, con los ojos completamente desorbitados y la mandíbula tensa de puro terror.


Mas él no me veía, de eso bien me había jactado.

-¿Alma?



Esa sensación de terror que antes había sentido se impuso.


Mi cuerpo, se había tornado rígido, mas la creciente falta de gravedad, pronto desentumeció los agarrotados músculos de ultratumba. En un rescoldo de mi corazón, el engranaje se había activado.



Ni la muerte, la maldita muerte me había apartado del mundo de los vivos, al menos no del todo.



La maldita muerte, comprendí de pronto, no me había alejado de él. Él aún podía oirme, y supe, mientras él aún pudiese sentirme, yo no moriría del todo.


miércoles, 27 de abril de 2011

Nueva vida


Después de una oscuridad que se me antojo infinita, y tras plantearme la posibilidad de que mi plan hubiese sido un auténtico fracaso (además de la exasperante sensación de haber muerto para nada), se hizo la luz.

En un principio el viaje se me antojó tan largo, que llegué a pensar que aquella luz iridiscente (que tan deslumbrante me pareció) podrían ser las tan anunciadas puertas del cielo.

Recé para que no fuese así, cerré los ojos (si es que aún tenía ojos) y supliqué con toda la fuerza con la que fui capaz, que aquellas no fuesen si no las entrañas de la tierra que tan bien conocía (o creía conocer) y a la que desesperadamente necesitaba pertenecer.

¿Qué sería de mí y mi venganza si mi plan hubiese fracasado incluso antes de empezar?

No tuve que preocuparme de ninguna de las preguntas que iban surgiendo en mi mente pues, un fuerte tirón me sirvió para abrir los ojos y aparecerme en la tierra.

Junto a mi cuerpo inerte, se había formado un enorme charco de sangre (cosa que me impresionó muchísimo) y una aglomeración de gente, probablemente desesperada por tener qué contar en casa.

No obstante la primera nueva sensación que tuve en aquel nuevo estado en el que me encontraba fue la falta de aire.
El viento penetraba mi cuerpo, mas yo apenas lo sentía, y sin embargo, esa falta de oxígeno me permitía danzar al son de mi respiración de ultratumba, que poco tenía que ver con mi dificultosa respiración en tierra.

Después, me levanté (había tenido a bien de caer en el reguero de sangre que dejara mi cuerpo) tambaleándome como si estuviese demasiado ebria como para mantener el equilibrio, lo cual, me pareció aún más extraño que el echo de estar muerta (y coleando).

¿Acaso mi cuerpo no era inmaterial? (aquello me hubiese supuesto un contratiempo demasiado inoportuno como para dejarlo correr)

Mas pronto descubrí la respuesta.

La gravedad había cambiado, el tiempo era diferente, incluso la formación de los átomos se había vuelto simple e insulsa.

Descubrí con asombro, que la luz me traspasaba (como antes el viento lo había hecho) y que los cuerpos, irradiaban una luz iridiscente y penetrante, como si sus efluvios se hubiesen tornado energía.

El tiempo, se movía lento o desenfrenado, todo dependía de como osaba mirar más allá, las horas podían ser contadas.

Mil, treinta, doscientos...

Era capaz de ver la muerte o la vida, las vivencias, las creencias, los sueños, los pensamientos... de la gente de mi alrededor.

Podía tocar el tiempo y sentir como éste recorría mi cuerpo.

Podía sentir el palpitar de los corazones y como estos se iban agotando poco a poco...

Deseché toda idea de mi cabeza, e invité a la fascinación a un recóndito lugar de mi ser (para quizá luego recuperarla) y entornando los ojos (no estaba segura de que pudiese llamar ojos a aquellos que me permitían ver, mas era la mejor manera que tenía de describir mis traslúcidas pupilas) marché en busca de mi reliquia perdida. La venganza.


martes, 26 de abril de 2011

Alma


Cicatrizó sus heridas con lágrimas y sal, y después sin mirar atrás siquiera, se encaramó a la ventana.

Hubiese sido tan sencillo...
Tan sencillo percatarse de la vanidad que escondían sus besos, tan sencillo darse cuenta de que ningún hombre (por bueno que este fuera) era capaz de amar como él fingía amarla, hubiese sido tan sencillo...

Ella era tan sencilla de salvar...

Y sin embargo ahí estaba, angostada en el marco de la ventana, agazapada como un gatito resuelto a saltar: "De un momento a otro..."

Alma, jamás hubiese pensado que aquel cinismo sería parte de su atuendo un día no muy lejano, mas los infortunios rehusaron de hacerla feliz y la desdicha, ya propagada por su cuerpo, aumentó hasta el punto de odiar a aquel que un día había amado.

Y lo odiaba, con la acérrima intuición de una mujer perversa, lo amaba (y lo odiaba por ello).

Por eso, cuando saltó de aquel décimo piso, su ser se liberó en un juramento que albergaba la esperanza de vengar su propia muerte con la desdicha de aquel que la había impulsado a morir.

Él no sabía que era amar, mas ella estaba resuelta a enseñárselo.

Y lo haría, torturaría a aquel hombre hasta desgarrar su piel, lo haría hasta que sintiese en su piel el escalofriante dolor que ella había empezado a sentir, cuando, tras haberla conquistado, el se fue, con su virginidad, con su alma, con su corazón y con su vida.

Así, cuando su sangre se derramó en el asfalto, la vida de Alma empezó, por primera vez desde hacía tiempo a tomar forma.
La muerte, sólo era el principio de su venganza. Venganza que prometía ser larga y dolorosa.

Su alma, no descansaría hasta ver que aquél que desgarrara su corazón, sufría el dolor que ella había sentido. Su alma, no volaría con el resto de almas, hasta que ella hubiese vengando su propia muerte.