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lunes, 3 de septiembre de 2018
Abismos de cristal
Han pasado los años...
Hoy te miro a través del cristal que te separa de mí y del mundo y pienso para mis adentros que te he perdido para siempre. La habitación en la que te encuentras, aséptica y acolchada, inunda mis sentidos con el característico olor a hospital. El cubículo es inusitadamente grande y aún así apenas hay espacio para tus gritos y tu llanto que imploran que esto acabe de una vez. La cama, igual de blanca que todo aquello que te rodea, yace empequeñecida en el costado que parece mecerte en sus brazos.
Hasta hace apenas 3 segundos tú eras como los colores cálidos del arco iris y yo, como los tristes colores azulados que colgaban de entre tus dedos. Todo sonrisas y todo olor a jabón y desodorante. Ahora me pregunto si no estarás pensando en ella o si tus ocurrencias de niñato no colgarán de sus azuladas gafas de pasta. Me pregunto si sigues oliendo a jabón e inseguridades o si por el contrario tus sonrisas te envalentonan y hueles a victoria. Si no olerás a libertad.
Amelia. La versión castellanizada de Amélie. Me la imagino así por que al igual que ella su ingenuidad y su creatividad llenan tu mundo de fotos, de recuerdos y de melancólicas melodías de piano. La llamo así porque al igual que a la francesa, la odio. La imagino bajita y un poco llena pero con una de esas sonrisas de catálogo que dan envidia por lo endiabladamente sinceras que son. Imagino sus labios delgados pintados con carmín marrón destacándose de la camiseta azul con alas de mariposa que lleva. ¿Ella te hace volar?
En tu casa de cristal decoras las paredes con bosquejos de nuestras iniciales entrelazadas. Quizá por impotencia, golpeas las paredes y lloras pensando que nunca más volverás a verme. ¡Dios! ¿Por qué me parte el corazón verte así?. Quiero sacarte de allí, quiero acurrucarte en mis brazos y decirte que no pasa nada, que todo saldrá bien...¿por qué no me dejas?
Acaricio el cristal que separa nuestros mundos y pienso en las veces que acariciaba tu pelo lacio y enredado. Aún recuerdo las bromas que hacíamos cuando creíamos que aquella debía ser tu herencia africana y cuando te decías que eras adoptado. Por los ojos verdes. Por los dedos de pianista. Por la sonrisa perfecta. Por el olor a jabón.
En un rincón de la nada miras hacia mí y contemplas el vacío que nos divide. Hacía mucho que no miraba dentro de tus ojos y siento, cada vez que los miro, que hayamos acabado así.
Te veo desde dentro de mi casa de cristal y no entiendo por qué me contemplas desde el otro lado de la ventana. A tú lado hay una pequeña mujer que te mira como si no hubiese nadie más en el mundo. Que tú. ¿Es eso lo que veías cuando me contemplabas con él?. De repente siento una punzada de dolor al ver tus manos entrelazadas a las suyas y sé que aunque hasta hace 3 segundo eras mío, ya no. Ya nunca más. Y grito por dentro porque siento que hayamos acabado así. Porque esta sea la despedida definitiva y tú no puedas oírla.
Tú desde tu abismo.
Yo desde el mío.
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martes, 7 de enero de 2014
Tingher
Tingher, 6 de marzo
Desde que era pequeña me había dedicado a contemplar los verdes campos que circundaban la pequeña casa que compartía con mi madre Telva y mi hermana pequeña Daena. Me fascinaban las colinas verdes manzana que parecían danzar al ritmo del viento, las flores que inundaban el aire de aromas dulces y frescos, que olían aún mejor que los jabones de lilas y azucenas de la tienda de Emma la jabonera.
Me gustaba aquel pueblo de jóvenes mujeres que vivían solas y libres, alejadas de aquellos hombres que tiempo atrás las habían herido.
Amaba dedicarme a cantar con los gorriones que al alba se posaban en las copas de los chopos, a leer bajo la sombra de los fresnos. Durante el día, recolectábamos las frutas de los naranjos y las higueras, las flores de los ciruelos silvestres y los lapachos rosados. Amasábamos pan y ordeñábamos a las cabras que correteaban libres por los campos.
Cuando la noche caía, nos embutíamos las botas de piel de ciervo y arco en mano nos adentrábamos en los bosques dormidos y cazábamos. Yo amaba aquel momento.
Desde que era pequeña había soñado con el momento en el que al fin pudiese salir de caza con el resto de cazadoras del poblado. A la edad de siete años las iniciadas salían con un arma al bosque. Cada año era la patrona la que decidía que arma debía ser empleada para la caza y entonces comenzaba el juego. Aquellas que cogían una presa y sobrevivían para contarlo serían acogidas en el círculo de las cazadoras, las temibles Vástigas.
Había oído narrar a Elda tantas y tantas historias sobre la noche de las Vástigas que no podía esperarme a ser iniciada. Y al fin, había llegado esa noche:
-Estáis aquí reunidas ante vuestras maestras. Después de ésta noche unas pocas seréis nuestras hermanas, otras en cambio, lloraréis vuestro fracaso. Pero pensad-la patrona nos miró una a una sin detenerse más de lo debido en ninguna de las insignificantes chiquillas que la mirábamos entre admiradas y temerosas- que sólo las más fuertes merecen proteger a nuestro pueblo de las bestias que anidan en las fauces del bosque. Partid ahora- alzó su mano izquierda- empuñando vuestra daga. El arma ha sido seleccionada. Que los espíritus del bosque protejan vuestras almas.
La líder de las Vástigas dió media vuelta con su capa plateada ondeando al viento y de un salto desapareció por entre los árboles. Entonces dio comienzo la primera de mis innumerables noches de caza...
...lo que no sabía era lo que ocurre cuando el cazador se enamora de su presa.
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domingo, 5 de agosto de 2012
Las palabras de Violeta (sintonnison)


El salitre se me adhería a la piel llenándolo todo. Salitre en la piel, en el cabello e incluso en los pliegues de mi camisa a medio abrochar.
De pronto la vi.
Sólo era una silueta recortada a ras del horizonte, fundida en el mar y en la arena. Los pliegues de su vestido blanco se adherían a su piel, traslúcida, intuyendo unas larguísimas piernas, perdición de cualquier hombre.
Tenía los hombros echados hacia atrás como si estuviese escuchando el murmullo del viento, como si estuviese sintiendo un placer intenso...
Podía ver sus pies descalzos dibujar figuras de alquimista, remover la arena formando montículos de pasión perversa.
Su respiración era agitada, como si en medio de la roca en la que estaba recostada, hubiese empezado a tener un orgasmo.
Intenté apartar la sensación salada que lo invadía todo, revolviendo mi pelo ondulado con las manos.
No obstante, me recriminé por pensar que una mujer tan casta (a mis ojos al menos), límpida y pura (mi Artemisa) pudiese depravarse en público de aquella forma.
Mi mente (que siempre había sido muy imaginativa y más que pasional) me había jugado una mala pasada.
El sol poniente, el mar y la sal me habían hechizado... o quizá, la única que me había hechizado (si es que había hechizo tal) era ella.
Ahora que la había visto, ahora que la sentía inalcanzable como a una diosa del mismísimo Olimpo, me sentía naufrago de mis propias pasiones.
Siempre había pensado en mí como un escritor, taciturno y pasional, que hacía las delicias de las mujeres tentándolas con palabras de amor eterno que no duraban más allá de una noche, no obstante, aquella mujer, a la que yo había bautizado como Violeta, me había robado el alma.
Me la quedé mirando mientras el sol descendía en el cielo, arropando con su sonrisa luminosa la llegada de su esférica hermana, la siempre triste y enamorada, luna.
No sé en que momento se movió de allí, ni en que momento fui capaz de moverme yo mismo, no obstante, la luna brillaba límpida aquella noche.
Quise que Violeta se acercara a mí, con su vestido revoloteando alrededor de sus larguísimas piernas, desatando pasiones provistas de sentimientos que nunca antes había sentido.
Sin embargo no lo hizo...
..Y yo no pude evitar sentirla marchar, observar el vaivén de sus caderas y el remolino blanco que descubría sus piernas de infarto alejándose de mí y de mi imaginación que languidecía a cada paso que ella daba.
Creo que aquella noche me enamoré de mi Violeta, de mi Artemisa... de la silueta que se recortaba en el mar y se fundía en el agua...
...Y aún así, no fui capaz de seguirla...
El salitre lo invadía todo, y yo me pregunto si en realidad Violeta no fue un espejismo que yo cree, me pregunto si realmente fue mi musa o si en algún endiablado momento de esta aún más endiablada vida, volveré a verla.
Sólo sé, que la luna sonríe cada vez que un blanco vestido se arremolina en las piernas de una mujer que nunca es ella... Sólo sé que aún sigo esperándola, recostado en la roca que un día ella llenó con su presencia.
...Me pregunto, donde estarás... y si algún día mis palabras serán también las tuyas...
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lunes, 19 de marzo de 2012
Marta y Camille (sintonnisón)

Se revolvió en la cama, y palpó el lado izquierdo del colchón, con la mano. Revolvió un poquito las sábanas, como para asegurarse que no se había hecho diminuta, y después, confirmada la sospecha de que se había ido volvió a dormirse, perezosa.
Marta no se despertó hasta un par de horas después, de que Camille (o Cam, como a ella le gustaba) hubiese abandonado su lecho.
Primero abrió un ojo y después, el otro.
Sus ojos relampagueaban, más azules que nunca, después de una relación que había implicado algo más que sexo, pero menos compromiso que cualquier tipo de relación que fuese más allá de una noche. Se había acostado sobria y despertado totalmente ebria.
Sacó tímida un pie de la cama, después el otro, y los metió en sus zapatillas de conejitos blancos, y se aseguró de que todo estaba bien.
Lo primero que observó fue que no había sangrado, después se dijo, el sexo lésbico no podía haberle roto su séptima tripa, ni haberle hecho sangrar... Todo se había limitado a caricias furtivas, deseos escondidos, lenguas en partes más que recónditas, y miradas ávidas de más.
Fue a tomarse una taza de chocolate bien caliente, mientras analizaba su situación.
Nunca antes en su vida había hecho algo tan tremendamente inesperado como aquello, y lo cierto era que no le había gustado.
No porque Cam no fuese fantástica, o porque no supiese dónde acariciar... sino más bien porque ella era tímida, y el mundo le daba vueltas y más vueltas... y no podía evitar sentirse estúpidamente cohibida y vergonzosamente (no quería decirlo, pero lo pensó) sucia.
Y no fue este sentimiento culpa de Camille, ni de que las dos fuesen mujeres... se dio cuenta la pequeña Marta (que no tenía más de 19 años) de que el sexo le provocaba siempre las mismas nauseas.
Le pasó con Joaquín, pensó, y ahora también con esa chiquilla que encontró en un bar, con el pelo corto y esos ojitos marrones y pequeños. No, Cam era increíble... pero algo dentro de ella no debía de funcionar del todo bien.
No quiso preocuparse demasiado por cómo habían sido las cosas en su vida... a fin de cuentas, ese fulgor en la mirada le hacía sentirse hermosa y a ella con eso le bastaba.
Tenía una vida bonita, y no todos podían decir lo mismo. Vivía sola, estudiaba, se marchaba a trabajar al bar y después volvía a casa.
Echaba de menos a Tulús, ese gato Mau que un día por casualidad entró por su ventana y se quedó con ella, hasta que murió de anciano. Era un gato precioso, de pelaje gris moteado... a ella le encantaba creer que el michino se disfrazaba de cebra cada carnaval, por eso, ella siempre iba vestida de gatito, porque era como un trueque. Un cambio de personalidad(es)
El móvil vibró sobre la mesa de la cocina, dónde la noche anterior lo había dejado, mientras Marta se besaba con la mujer más maravillosa que nunca había conocido. Tenía miedo... pero estaba acostumbrada a ser frágil, y escurridiza...
Cogió la llamada. Era un número que conocía, pero que nunca hasta ese momento había visto, ni siquiera recordaba haberle dado el número a Camille...
-Estoy desnuda, en el bar... ¿vienes?
-Sí...
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miércoles, 22 de febrero de 2012
Carta 176 (cartassinremitente)

Ella: Pues... hacía frío ¿sabes?
Y no te creas que era precisamente halagüeña la posibilidad de encontrarme con mi hermana en medio de un bareto de mala muerte, de estos en los que confunden un Mojito, un vodka Sour, un Gin Tonic y a tu madre (sí la ven claro)
Pues ahí estaba yo, sentada en la barra del bar, no encima por supuesto, en una de estas fulgurantes sillas que se giran a nada que le des una calada al maldito cigarrillo, con un hombre que apenas conocía de ¿cuánto? ¿una borrachera a medias, dos polvos y un encontronazo casual? bebiendo algo fresquito que hacía arder el gaznate.
Creo que llevaba lima, pero no lo recuerdo... era fuerte pero también ligero, como las conversaciones sobre sexo.
Creo que me entiendes, es un tema interesante como poco y embriagador en el mejor de los casos; incluso sorprendente... de consistencia más o menos intensa, pero a la vez llevadero. Un día se habla entre nosotras, y otro día se habla en una clase de educación sexual a cuatro niñatos de quince años que no tienen nada mejor que hacer que hacerse un par de pajas. Pero eso tampoco a cambiado...
Yo: El bar, Annie, el bar...
Ella: Sí, sí, perdona... pero me entiendes ¿no? Una bebida que no pasa desapercibida pero cuyo nombre no recuerdas. Como los hombres...
Yo: No todos se olvidan...
Ella:Claro... no todos, pero no es mi caso. Te hablo de él, del bareto y de mi Mojodkatonic era...
Yo: ¿Mojodkatonic?
Ella: Sí (sonrisa llena de vitalidad que me da una envidia tremendamente asquerosa), ya te he dicho que en estos sitios nunca sabes que es exactamente lo que te dan para beber. Así que nada, estaba pelándome de frío, mientras la garganta me ardía (debía de ser fuerte) y un hombre que no lo hacía nada mal me hablaba de vete tú a saber que temas. Y es que me estaba volviendo loca... ¿Sabes a lo que me refiero?...
Yo: Déjalo, Ann...
Ella: Aún falta la mejor parte...
Yo: No querida, la mejor parte ya me la he perdido... (pienso en ti) Tú tienes tus pretextos, y yo mis artífices, mis creaciones diáfanas. No te culpo, pero... déjame tranquila, mientras te terminas esta copa. No te confundas, es un Daiquiri (y también una quimera)
No tenía nada mejor que decirle, así que no le he dicho nada mejor.
¿Que no sé lo que es que me vuelvan loca?
Pues creo que es como hablar de sexo (para seguir con el ejemplo, vaya), hablando en términos generales.
Decides la postura, el momento, la persona... piensas en los preservativos (y no tanto en los preparativos), las velas, los aromas, la música... pero luego nada sirve de nada, porque tu cama sigue vacía, el disco a dejado de girar y en la habitación sólo huele a mierda, a tu propia mierda (la que te echas encima y la que te echan los demás) Así que que no me tomen por ilusa.
Porque tú ya me decías que Annie era de todo menos una buena compañía, y precisamente ahora, me doy cuenta de que tenías muchísima razón. Creo que no sabe escuchar porque nunca ha sabido entender, y es que esa era tu maldita especialidad. Escucharme, entenderme.
Pero es lo que me viene pasando desde que tengo memoria; me doy cuenta de las cosas cuando ya están demasiado lejanas, perdidas en el tiempo casi, como para alcanzarlas con mis pequeñas manos.
Porque sí, siguen siendo pequeñas y finitas, con los dedos de pianista que nunca supieron tocar una nota. Estos que acariciaban tus muslos cuando te recostabas en las esquinas de mi inocencia perdida... (estos que siguen echándote de menos)
Quiero dejar de divagar...
No quiero convertirme en un Jim Morrison cualquiera, no quiero ser una estrella del rock estrellada, humillada hasta el final; muriéndome de pena en un inodoro de un bareto como el que frecuentó Annie, con un hombre extraño y poco sutil.
En realidad sólo quiero tomar las riendas de mi vida, pero tampoco estoy dispuesta a dejar de estar cabreada contigo. No estoy dispuesta a que se me olvide este daño, a perder mi entidad por completo (aunque me temo que ya poco le queda) y a dejar esta malsana obsesión de escribirte.
Porque te has marchado... y quiero seguir culpándote por eso. Porque guardarte rencor es mejor que guardarte el luto. Porque sí cariño... aún me haces falta
Contéstame, ¿quieres?
(Carta número 176)
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martes, 21 de febrero de 2012
Sintonnisón (II)

Da igual donde mire...
En el rincón más apartado de la mesilla que descansa, medio cubierta de polvo, junto a mi cama (junto a nuestra almohada), las entradas de ese partido de vete a saber qué equipo (tampoco me interesaban mucho tus aficiones, cuando me hablabas de canchas, césped, balones y jugadores engalanados por no hacer nada. Así me van las cosas...) que llevan meses caducadas, como los yogures que se esconden entre las baldas vacías del frigorífico que más calor da en todo el mundo. ¿Sabes que vibra un poquito cada vez que le das un abrazo? sí claro que lo sabes... como siempre.
O el folleto ese que me trajo mi madre con las clases de arte, que tenían que haberme pintado una sonrisa a base de azules y rojos, brochas grandes y pequeñas y cuadros a medio dibujar. Porque, en mi fino recorrido (en esta puta vida), yo nunca he dejado de dibujar cuadros a medias, y de crear lineas rectas curvas.
Esperaba que quizá alguien me enseñase a colorear, pero era pequeña, y me perdí las clases en las que te enseñaban a no salirte de la línea negra y gruesa del dibujo. Así que no sé, mi madre, parece tener intenciones de enmendar lo que ya no tiene arreglo, porque está claro que no puedo encontrar lo que ya he perdido. Y si me he perdido en el tiempo, estoy segura (convencida incluso) de que el tiempo no me devolverá. Así que nada.
O la pistola que me trajo el otro día Illin, porque, tú siempre has sabido que ese negrata medio chiflado, me quiere más de lo que piensa. Me pone tan al alcance de la mano, la puta muerte que luego olvida las balas.
Y supongo que es precisamente por eso, porque me adora, igual que puede adorar a 50 Cent o incluso a Cenit (porque este Illin es de todo menos un negrata cualquiera. Ay si le hubiese pillado aquella noche...) que no se atreve a matarme.
Así que tú me dirás, para qué coño quiero yo una pistola sin vida, si ya no tengo fuerzas ni para recoger mi vestido rojo de la tintorería (¿tú te crees que me voy a bajar al moro a ver qué encuentro? nada... eso de matarme queda descartado).
He pensado en llenar la pistola de flores, para darte una patada en el culo, de esas que tú y yo sabemos, pero nada... no me apetece bajar al parque (que se está demasiado feliz) o gastar dinero en unos seres (serecitos mejor dicho) que se van a marchitar antes de que les salga moho a mis pretextos.
O la garantía de ese jarrón de imitación que ya me he encargado de romper. ¿Tú de verdad sabes lo que es tener la sensación de vivir en un manicomio? a no... claro... ¡pues me estás volviendo loca!
Porque ya me dirás tú para que necesito tus recuerdos, si yo solita me alimento de un aire ennegrecido y de las despedidas a medias. Porque ya me dirás tú que coño pintas en mi puta vida si ya te has marchado...
Espero respuesta...
(Carta número 226)
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miércoles, 11 de enero de 2012
Sintonnisón (I)

Y en ese mismo instante, mientras la lluvia azota las ventanas con salvajismo erótico, ella se presenta con tanta ilusión entre sus labios mojados, que ya no le importa saber que morirá al amanecer. Porque entre la luna, aún se filtran rayos de sol en su piel.
-Mátame hasta desangrar mi alma.
-Dime que será solo esta noche.
-Prométeme el cielo si luego no vas a entregarlo.
-Perdóname...
-Deshazme en amor entre sábanas vacías de ilusiones.
Los dos amantes se besan, se susurran lo que ninguno puede explicar.
Entonces, Ithaniel abre los ojos y jadea, consciente de que Carol está a su lado, sudorosa y sedienta de su amor.
Por entre las rendijas de las persianas, que cuelgan flácidas sobre las ventanas, que ahora, no sabe bien si por uso o desuso, amarillentas, se cuelan fulgurantes rayos de su delito. Alumbran ténuemente el cuerpo de la mujer a la que ama, y a quien le está prohibido querer.
-Mírame- le suplica ella.
Él fija sus ojos en las pupilas iris verde de sus ojos, como esmeraldas. Refulgen como los de una gatita recién salida de un baño. Tiembla levemente, entre asustada y vencida, y aún así, piensa él con resignación, es la valiente de entre los dos.
-Bésame ahora, como si fuese...
-... El último beso- sentencia él.
-El primer beso- corrige ella- como aquella noche de lluvia, ¿la recuerdas?- asiente- me cogiste de la cintura...
-...Tropecé- sonrisa triste, llena de un amor escéptico.
-..Sí, la vida se rige de tropiezos, de cosas que nunca debieron ser- le agarra el mentón, mientras lo disculpa. Lo ama y disculparía cualquier cosa que él hiciese "Morir de amor" se dice- Pero nosotros, nosotros cariño, nacimos para tropezarnos una y otra vez. Por eso, porque aquella noche, después, como queriendo disculparte me diste un beso. Un beso hermoso, que lo cambió todo.
-Había discutido con mi mujer Carol- se defiende. No se arrepiente de haberse equivocado al casarse, se arrepiente, quizá, de no saber amarla bien. A ella, a su verdadero amor- Y ahora vamos a tener un hijo...
-...Todo Ithaniel, todo es todo...- Ella le sonríe, en una promesa de amor eterno- y ahora cariño, debes marchar y darle a ella, todo cuando hoy me has dado a mí...
....
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